El papel de la Santísima Virgen María en el amor esponsal y paternal del sacerdote célibe

Monseñor John Cihak, S.T.D. (sacerdote de la arquidiócesis de Portland, Oregon, que trabaja en el Vaticano. Ayudó a comenzar los campamentos llamados Quo Vadis para preparatorias, en los que promueve el discernimiento sobre el sacerdocio en diversas diócesis de Estados Unidos. Ha trabajado como encargado de parroquia y en la formación del seminario).

http://ignatiusinsight.com/features2009/jcihak_maryandpriests1_july09.asp

Introducción

Escribí este artículo más de rodillas que sobre mi escritorio. Comenzó con apuntes de mi oración mental de este último año. Cuando finalmente me senté a unirlas y formar un todo coherente, tenía un montón de notas post-it y garabatos en las últimas páginas de mi Magnificat – una colección de mis propios pensamientos. Este artículo se titula, “El papel de la Virgen María en el amor esponsal y paternal del sacerdote célibe”. [2] En las páginas siguientes les hablaré de cómo la Virgen tiene un papel fundamental e imprescindible en el desarrollo de la masculinidad del sacerdote, sobre todo en su dimensión esponsal y paternal, y la manera de vivir la masculinidad en el amor célibe. [3] En otras palabras, quiero mostrar cómo la Virgen ayuda a que el sacerdote, siendo célibe, llegue a convertirse en esposo y padre, y así llegue a la plenitud como hombre.

Los desafíos recientes y su condición perenne

Ofrezco esta reflexión en el aquí y ahora de la Iglesia católica del siglo 21 en América, institucionalmente todavía aturdida, sospecho, sobre las revelaciones de la mala conducta clerical que nos han avergonzado, exponiéndonos a la burla y escarnio, y haciéndonos un llamamiento a la responsabilidad. Sin embargo, fácilmente se pasa por alto la dimensión del desafío reciente que hemos enfrentado con la salida del ministerio activo de los que son llamados “los sacerdotes JPII” (los sacerdotes de Juan Pablo II). Después de que pensamos que los años 60s, 70s y 80s habían terminado, hemos tenido una repetición desalentadora de desgaste de los sacerdotes del ministerio activo. He conocido a varios de ellos, que han intentado casarse, o han sufrido problemas de alcohol y drogas. Estos no son los sacerdotes disidentes. Estos “sacerdotes JPII” están comprometidos con la Iglesia y el sacerdocio y abrazan la fe ortodoxa y la disciplina de la Iglesia, como el celibato clerical.

¿Por qué sucede esto? Una respuesta obvia es que la ortodoxia intelectual, si bien es necesaria, no es suficiente para la perseverancia en el sacerdocio en estos tiempos. Otra respuesta obvia es poner mucha culpa a la cultura y al estado de la vida familiar. Muchos de estos hombres que han venido sin amarras en sus vocaciones han sufrido los efectos de la cultura del divorcio, el abuso, el materialismo y la libertad sexual. Una tercera respuesta es el ejemplo deplorable dado por sus propios padres a muchos hombres, que enseñan a través de su propio comportamiento que ser hombre significa la conquista sexual. Un hombre, desde este punto de vista, no tiene que asumir la responsabilidad de sus acciones, ni le rinde cuentas a nadie. Los jóvenes que vienen a prepararse para el sacerdocio llegan con muchas más fracturas que en generaciones anteriores en el campo de sus relaciones con los otros. Creo que estas respuestas son verdaderas, pero no lo suficientemente profundas.

Tal vez el ver de modo sutil la deserción del considerado “sacerdote JPII”, es un ejemplo reciente de la lucha perenne que lleva el sacerdote célibe en su afectividad y las relaciones con otros, en su corazón y muy especialmente en su amor esponsal y paternal. En pocas palabras, ¿cómo se supone que todos esos deseos naturales – incluidos los deseos eróticos – de ser un esposo y padre, funcionan en la promesa libre al celibato del sacerdote? La respuesta que algunos ex-sacerdotes en la década de 1970 ofrecieron fue que esos deseos no tenían cabida en el celibato y por lo tanto, la disciplina del celibato debería de cambiar. El argumento era que la disciplina del celibato impide que un hombre se desarrolle plenamente como hombre. Cuando se dieron cuenta de que la Iglesia no cambiaría su disciplina, se fueron. Pero esta respuesta es demasiado superficial para el profundo misterio del sacerdocio célibe. Sin embargo, este enfrentamiento se siente profundamente en el corazón de un hombre llamado al celibato en el sacerdocio. El desfase no aparece en la alineación del intelecto con la verdad sobre el celibato sacerdotal, sino en cómo esta verdad del celibato sacerdotal se encarna en el corazón del sacerdote y en sus relaciones como hombre.

El Papa Benedicto nos ha dado una respuesta tentativa inicial sobre cómo resolver este desafío en Deus caritas est, en su tratamiento de la relación entre eros y ágape y la transformación del eros desordenado en un eros que proporciona la vitalidad para el amor ágape. [4] En el caso del sacerdote célibe, es la transformación de su eros desordenado a un amor verdaderamente esponsal y paternal, que se expresa en su amor de ágape como célibe.

¿Puede suceder esto? Creo que todos diríamos que sí. Pero, ¿cómo sucede esto? No hay una respuesta automática, y hay muchos peligros potenciales. El hacer carrera, las relaciones ilícitas, el alcoholismo, abuso de drogas, vacaciones exóticas, diversas colecciones, la pornografía y el encontrar refugio en la televisión y el Internet, son formas simplemente inadecuadas de lidiar con un misterio que se encuentra, yo diría, en el corazón mismo del sacerdocio y que vamos a explorar en un momento. Debido a nuestra naturaleza caída, hay necesidad de una sanación profunda del eros en el corazón de cada hombre. En mi opinión creo que apenas estamos viendo cómo solucionar este reto en nuestros programas de formación humana y espiritual, y literalmente, sólo estamos empezando a entrar en el corazón de la cuestión. Yo propongo que la Virgen tiene un papel indispensable en la transformación de la masculinidad del sacerdote, y la base de todo lo que se dice en este artículo radica en la importante labor de Juan Pablo II en su Teología del Cuerpo y deBenedicto XVI en Deus caritas est .

Los Cuatro Grandes Dimensiones de la masculinidad sacerdotal y el complemento femenino

Ser hombre implica un conjunto de cuatro relaciones básicas, que comprenden las cuatro dimensiones básicas de su masculinidad. A través de estas cuatro relaciones básicas el hombre se desarrolla, madura y logra su realización como hombre. Cada dimensión es importante para llegar a desarrollar un hombre íntegro y así poder llegar a ser un sacerdote santo y eficaz. Como enseñó el Papa Juan Pablo II, la personalidad humana del sacerdote está en el corazón de un sacerdocio fecundo, es el puente humano entre los demás con Jesucristo. [5]

Estas cuatro dimensiones relacionales de la masculinidad son hijo, hermano, esposo y padre. Las dos primeras dimensiones (hijo y hermano) son preparativos necesarios para la virilidad y las últimas dos (marido y padre) lograr el cumplimiento de la misma. En otras palabras, el hombre tiene que ser un buen hijo, un buen hermano, después, un buen marido y un buen padre para convertirse en un hombre de bien y alcanzar su plenitud como hombre. Las cuatro dimensiones juntas, sin dejar ninguna detrás, son necesarias para alcanzar al hombre perfecto.  Para ser un buen padre, primero el hombre tiene que ser un buen hijo, si es posible, con su padre terrenal, y  seguramente con su Padre celestial, con quien debe vivir en una relación de filiación divina. Cada relación, sin embargo, trae su propia peculiaridad y enfoque. Sabemos también que en este mundo roto, no todos los hombres tienen relaciones sanas con sus padres y hermanos. Sin embargo, se puede hablar de estas dimensiones, aunque no siempre funcionen bien en esta vida. Habría mucho que decir acerca de cada dimensión, pero para el cometido de nuestro análisis nos centraremos en las dos dimensiones que vive el sacerdote célibe, mencionadas al final.

De acuerdo con la antropología teológica revelada en la Sagrada Escritura (Gen.. 1-3, Mt. 19:3-12, Ef. 5:21-33), especialmente como la interpreta y desarrolla Juan Pablo II, en el hombre, la relación con la mujer es un elemento esencial e indispensable. Ellos son iguales en dignidad, ambos hechos a imagen y semejanza de Dios, y complementarios en la misión. Siendo hechos a imagen de Dios, ambos fueron hechos para el amor de donación. Sólo Dios satisface al hombre, sin embargo, el Señor ha querido que esta satisfacción o realización suceda a través de la relación del hombre con la mujer. [6] Es decir, el hombre no puede alcanzar la perfección como hombre, sin la ayuda de la mujer y viceversa. La soledad de Adán (Gen 2:20) le enseñó que no podía alcanzar la plenitud por sí mismo, también podríamos decir que no puede hacerlo en relación sólo con otros hombres. De la misma manera la mujer no puede alcanzar su realización sola o sólo con otras mujeres, sino sólo a través de la relación complementaria con el hombre.

Un corolario de esta verdad de la complementariedad hombre-mujer es que debemos rechazar falsas antropologías frecuentemente  implícitas en las ciencias psicológicas (y que a veces salen a la superficie en nuestros programas de formación humana), sobre todo la idea de Freud de que toda persona humana es bi-sexual,  hermafrodita, conteniendo a la vez lo femenino y lo masculino dentro de sí mismo. Esta idea, que Freud nunca corrobora pero considera parte de su “metapsicología” (un supuesto mítico), se perpetúa hoy en día por los movimientos homosexuales y transexuales en este país. La revelación bíblica e incluso el ADN dicen lo contrario. Un hombre es el hombre a partir de ser imagen de Dios, hasta llegar a sus mismos cromosomas, una mujer es mujer a partir de ser imagen de Dios hasta llegar a sus propios cromosomas. La verdad es que los seres humanos fueron hechos para la relación, hechos para salir de sí mismos y desarrollarse como un hombre o una mujer, a través de la complementariedad que se encuentra fuera de sí mismos. El hombre y la mujer fueron hechos uno para el otro para que cada uno ayude al otro a alcanzar su plenitud en su naturaleza. Por lo tanto el ideal de cualquier sanación psicológica no es tratar de recuperar algo de la existencia primordial monádica, o hermafrodita, sino lanzarse a uno mismo hacia adelante, fuera de uno mismo en el amor, y esto sólo puede suceder en las relaciones – las del hombre y la mujer con Dios, y las del hombre y la mujer uno con el otro.

A través de esta relación esencial y complementaria con la mujer, un hombre en el orden natural puede crecer en sus cuatro dimensiones como hijo, hermano, esposo y padre con el fin de alcanzar la plena madurez. Un hijo tiene una madre, un hermano con suerte tiene hermanos, un marido tiene una esposa y juntos se convierten en padre y madre. En el orden de la naturaleza, podemos comenzar a ver la importancia de la mujer en el desarrollo del sacerdote como un hombre: su madre y sus hermanas ayudan a llevarlo a la madurez como un buen hijo y hermano. La relación de un hombre con su madre comienza en el útero donde, como hijo comienza a estar en sintonía con su madre, su corazón, sus procesos corporales, sus movimientos, sus emociones, podríamos decir incluso su alma. En la infancia, es de esperar, en algún momento que la sonrisa de la madre despierte su autoconciencia. Su sonrisa, entretejida de su amor femenino, le da la conciencia de que es una persona única. La belleza, la bondad y la verdad manifestada en la sonrisa de la madre despierta en el niño una conciencia de la belleza, la bondad y la verdad del mundo, y por analogía, de Dios. [7]

Psiquiatría y neurobiología describen esto como un proceso de “apego seguro (sano)”, una sintonización sutil entre la madre y el niño, que es esencial para el desarrollo normal del cerebro, el desarrollo psicológico, así como el desarrollo espiritual, sobre todo en los primeros cinco años de vida que son cruciales. Esta relación continúa en la infancia donde el niño sigue aprendiendo cómo ser un hijo y, finalmente, un hermano. En todo esto, el desarrollo del rol de la madre (y hermanas ‘) no es el de ser un objeto para ser utilizado, ni el de ser sobreprotectora o cultivar un afecto “femenino” en su hijo. Todo esto sería un colapso de la complementariedad masculino-femenina. El hijo o hermano sano no se identifica con la madre o hermana de tal forma que imita su feminidad (por ejemplo, cuando él mismo imita características afeminadas), sino que se refiere a ella como un verdadero “otro” con el que, en su masculinidad, puede relacionarse a través de un proceso de complementariedad, de amor de donación.

La relación del hombre con su madre es una relación primordial a partir de la cual crece en todas sus demás relaciones con mujeres. Por supuesto, si tiene a su padre y a sus hermanos, ellos tienen un papel esencial, sobre todo en la forma en que su padre trata a su madre. En su padre, un hombre encuentra la respuesta masculina primaria de complementariedad femenina; esperando que el padre lo confirme: acariciando a su esposa, amándola, y entregándose a ella. Una madre también prepara a su hijo para su esposa.

En el matrimonio, la esposa de un hombre lo cambia. Él practica entregarse con amor a ella. Se deja determinar por ella. Él debe sintonizarse con ella, y ella atrae su corazón y ayuda a desarrollar su eros en amor ágape. Como hombre, él desea protegerla, proveer para ella, darle hijos, hacer cosas maravillosas para ella, cuidarla y derramar su afecto en ella. Por supuesto, esto describe algo ideal, y no pasa en el matrimonio automáticamente. Pero el lector puede ver lo que quiero decir.

El papel de la Santísima Virgen María para que el sacerdote célibe se realice como Esposo y Padre.

En la vida de gracia, comprendemos inmediatamente el papel de Nuestra Señora para ayudar al hombre a que sea un buen hijo. Siendo el arquetipo de la Iglesia Madre, ella lo da a luz y lo nutre a través de la gracia. Ella juega un papel femenino esencial en guiarlo a relacionarse con el Padre, con su Hijo Encarnado y con el Espíritu Santo. Ella enseña a sus hijos acerca de la esperanza, la entrega, y la aceptación de la propia debilidad y pobreza sin odiarse a sí mismos. Ella cultiva en sus hijos el espíritu de ser como niños. ¿Pero qué hay de las últimas dos dimensiones del sacerdote célibe? En el orden natural, la esposa del hombre es quien lo ayuda a convertirse en esposo y en padre. Yo sugiero que en el orden de la gracia, la Santísima Virgen María es quien asume este papel de un modo muy sutil pero real.

Cuando se trata de desarrollar la dimensión esponsal y paternal de su masculinidad, no podemos dejar de ver al Freudiano en la audiencia que alzará su mano objetando la idea de que la Santísima Virgen María ayuda a lograr la realización del sacerdote célibe como esposo y como padre, diciendo que está simplemente llena del complejo de Edipo. Creo que nuestra respuesta a esta objeción comienza con la distinción entre la Santísima Virgen María y la Iglesia; ella es una clase de Iglesia, de hecho, es el arquetipo de la Iglesia. María no es la esposa de la Iglesia, como el sacerdote célibe lo es. Nuestra Señora es la esposa del Espíritu Santo, no su Hijo Encarnado. No hay nada relacionado con Edipo que esté ocurriendo aquí si entendemos las relaciones correctamente, y las entendemos en términos simbólicos y espirituales y no de un modo crudo, literal. Por otra parte, no podemos olvidar que la forma concreta del amor esponsal del sacerdote es el amor célibe.

Con esta distinción, permítanme ser un poco provocativo. Nuestra Señora misma, de un modo muy concreto, lleva al sacerdote célibe a su matrimonio espiritual con la Iglesia y a su paternidad espiritual, participando en la relación esponsal de Cristo con la Iglesia. Ella lo compromete profundamente con su corazón masculino, aún en su eros, a través de su amor femenino para lograr esta transformación en su sacerdote de un eros desordenado a un eros ordenado y a un ágape célibe.

El Misterio Central: La Cruz

Este compromiso complementario del amor femenino de la Santísima Virgen María con el amor masculino del sacerdote sucede dentro del misterio central del sacerdocio: la Cruz, y específicamente en la escena de Nuestra Señora y San Juan al pie de la Cruz. Imagina la escena: ahí está Nuestro Señor clavado en la Cruz, ensangrentado y roto en Su pasión. Al pie de la Cruz, encontramos a Nuestra Señora y al único sacerdote que permaneció con Nuestro Señor eis telos (Jn. 13:1), San Juan. La Santísima Virgen María está en agonía total; tanto ella como Su sacerdote, están siendo arrastrados interiormente a Su crucifixión.

Hay tanto silencio en torno a este misterio. Básicamente sólo se nos dan los datos geográficos de la escena. Jesús es quien pone todo en movimiento con su mirada: “Cuando Jesús vio a su madre, y al discípulo a quien Él amaba que estaba allí cerca, él dijo…” (Jn. 19:26). Comienza con la mirada de Nuestro Señor viendo a Su Madre y a Su sacerdote. Ninguna de las palabras del Señor en los Evangelios son superfluas, especialmente las pronunciadas desde la Cruz. Por tanto, estas palabras desde la Cruz son unas de las palabras más importantes pronunciadas a Nuestra Señora y a uno de Sus primeros sacerdotes.

Ella escucha, “Mujer, he ahí a tu hijo” (Jn. 19:26). Él la llama “Mujer”, no “Mamá”. Siente el distanciamiento. Estas palabras debieron de haber sido especialmente dolorosas para ella. Como madre, todo lo que quiere es estar cerca de Él e incluso morir con él de modo que pueda estar cerca de Él. “Mujer” la aísla de Él. El la rechaza, no por crueldad, sino para que pueda convertirse en la Nueva Eva, la madre de todos los que vivirán eternamente. Su agonía son los dolores de parto para dar a luz a la Iglesia. Aquí la distinción entre Nuestra Señora y la Iglesia, de la cual nunca debería de haber separación, es tal vez un poco más pronunciada. Aquí ella está dando a luz a la Iglesia, actuando como la Madre de la Iglesia, a través de su agonía interior.

San Juan está a su lado. No es coincidencia que un sacerdote de la nueva alianza se sitúe en la Cruz con Jesus. San Juan también está experimentando su propia crucifixión interior, siendo conformado como sacerdote en la Cruz del eterno y sumo Sacerdote. Tal vez podemos percibir la impotencia de San Juan. No hay peor sentimiento para un hombre que el de la impotencia. ¿Qué palabras podía pronunciar viéndola en tal agonía? La espada que atraviesa el Corazón Inmaculado atraviesa su corazón sacerdotal también. Esto no es un precio heroico a la victoria. Es obscuridad, desamparo, una noche obscura; es toda la incongruencia desordenada de la colisión entre amor y pecado. Se siente como y es la muerte.

“Entonces Jesús le dice a su discípulo, ¡He aquí a tu madre!” (Jn. 19:27). En este momento, Jesús le pide al Apóstol en lo más profundo de su dolor sintonizar con ella. Como sacerdote debe decidir ponerla primero, sintonizarse con su corazón. Él debe poner su sufrimiento antes que el propio. Me imagino a San Juan, volteando a ver a Nuestra Señora, y mirándola con gran ternura y reverencia. Jesús manda Su orden a lo profundo del corazón de su sacerdote , “Mírala… recíbela… cuídala.” Como hombre debe sentirse inútil e inadecuado, pero en este momento le ha sido dada una tarea masculina. A San Juan le es ordenado que cuide de ella, para consolarla, sostenerla, protegerla porque está muy sola y vulnerable en ese momento. Tal orden resonará profundamente en el corazón de este hombre: él debe mirar más allá de su propio dolor y adaptarse a ella, y dejar que surja dentro de él lo mejor de ser hombre en un gran acto de célibe ágape. Su opción de estar atento a su dolor lo lleva a entrar en el umbral de su amor esponsal y paternidad como un célibe, como la Iglesia está a punto de nacer.

Me gusta meditar en esa escena, contemplando cómo los ojos de Nuestra Señora y de San Juan se encuentran en su agonía mutua. Ninguno de los dos parece tener ya más a Jesús. En ese momento, ella necesita a San Juan; ella también le permite ayudarla. Ella está tan sola en ese momento. Ella que es la “sin-pecado” permite a su gran pobreza de espíritu necesitar a este hombre y sacerdote que está parado junto a ella. Su complementariedad femenina saca lo mejor del corazón masculino de San Juan. La necesidad de este apoyo y protección la debe de haber conectado a algo profundo dentro de él como hombre. ¿Cómo la ayuda él? San Juan dice que entonces se la llevó “a su propia” (en Griego, eis ta idia). ¿Qué significa esto? “Su casa”, como se lee en muchas traducciones? ¿“Sus cosas”? ¿Qué hay de “todo lo que él es”? Tal vez indica que él se la lleva a vida como sacerdote.

Ella lo está apoyando también a él. Él está dependiendo de ella en ese momento porque él también está muy solo. Me pregunto si se sintió abandonado por los otros apóstoles. Ella guía el camino sacrificándose, porque su corazón femenino es más receptivo y está más en sintonía con el de Jesús. Ella no sólo está presente sino que conduce al camino para él, ayudando al sacerdote a tener también su propio corazón traspasado. Hay mucho que reflexionar aquí cuando ella atrae su amor masculino. Él se entrega a ella, para apreciarla y consolarla. En este momento ella lo necesita y lo necesita fuerte, aunque ella sea la que en realidad lo sostiene a él.

El papel de la Santísima Virgen María es el de sacar del corazón del sacerdote este amor ágape para ayudarlo a convertirse en un esposo para la Iglesia y un padre espiritual – un padre fuerte, aún en su debilidad. Ella hace esto en la Cruz, sacando al sacerdote de su propio dolor para ofrecer un amor puro masculino, en medio de su (de ella) propio amor puro y femenino. Esta escena se convierte en un icono de la relación entre el sacerdote y la Iglesia. El sacerdote se entrega a la Iglesia en su sufrimiento y necesidad – para que su vida sea moldeada por ella. Al pie de la cruz la Iglesia agoniza en dolores de parto para dar a luz a los miembros del cuerpo místico. Me llama la atención el siguiente versículo en este pasaje del evangelio de San Juan: “Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba consumado, dijo… “Tengo Sed”(Jn.19:28). Fue después de este intercambio de amor al pie de la Cruz que “todo estuvo acabado”.

San Carlos Borromeo solía dar conferencias a sus sacerdotes cuando era Arzobispo de Milán. En las líneas introductorias de la conferencia que dirigió a su sínodo diocesano el 20 de abril, 1584, él señala la conexión entre, y la mujer del fin del mundo en el Apocalipsis y Raquel en el Génesis, y la Iglesia:

Ella estaba embarazada y gritaba con dolores de quien da a luz, en un angustioso parto”. (Rev12:2)… ¡O qué dolor, O qué lamento de la Santa Iglesia! Ella grita con oraciones en la presencia de Dios, y en tu presencia a través de mi boca, pronuncia palabras divinas para ti. Me parece estar oyéndola decir a su prometido,  Nuestro Señor Jesucristo, lo que Raquel antes había dicho a su esposo Jacob: “Dame hijos o me moriré” (Gen30:1).Estoy realmente deseosa del que va a nacer. Más aún, me da miedo esta esterilidad: entonces a menos que ustedes [¡sacerdotes!] vengan a Cristo y me den muchos hijos, estoy precisamente en este momento a punto de morir. [8]

La implicación de las palabras de San Carlos es que la Santa Madre Iglesia reclama hijos a su Esposo Divino, y al sacerdote, quien participa en la relación esponsal de Cristo. Es en la cruz donde el sacerdote en el aguijón de su celibato se convierte en un esposo para la Iglesia y en un padre espiritual. Para el sacerdote célibe, la Cruz en el lecho nupcial, del mismo modo que lo fue para Nuestro Señor.

Es a través del intercambio de amor entre Nuestra Señora y San Juan al pie de la Cruz cuando el mismo eros caído del sacerdote comienza a curarse y transformarse en la imagen del amor célibe del sacerdote que Jesús revela en la cruz. Nosotros los sacerdotes nos metemos en problemas cuando huimos de este misterio o nos negamos a entrar en él. El único amor fecundo es el amor que brota de la cruz. Por esta razón el amor sacerdotal y esponsal del sacerdote célibe debe ser mayor – no menor –  y  tiene el potencial de convertirse en sobreabundante porque es muy sacrificado. Sin ánimo de ofender a mis hermanos de las Iglesias Orientales que están casados, pero creo que ellos estarán de acuerdo en que hay una primacía escatológica y hasta ontológica del celibato en el sacerdocio. Esto no es afirmar que tengan una primacía moral, ya que prometer celibato no es garantía de que un sacerdote célibe lo vivirá bien o en plenitud. Sólo en la medida en que el sacerdote célibe se permita adentrarse en el misterio del Calvario con la Santísima Virgen María  podrá alcanzar la llamada sublime al amor célibe y esponsal, y a la paternidad espiritual.

Cuando estaba recién ordenado y oía a otros sacerdotes quejarse acerca de la soledad en el sacerdocio, debo confesar que yo pensé que se debía a la falta de buenas relaciones o de una buena vida de oración. Y por supuesto, para algunos esto era cierto. A veces estamos solos porque no tenemos amistades buenas y profundas con los demás, especialmente con otros sacerdotes, o simplemente porque no oramos. De cualquier forma, después de 10 años  como sacerdote he llegado a una conclusión más realista. Hay una soledad esencial que se siente en el sacerdocio porque hay una soledad esencial en la Cruz, la Cruz que permanece en el centro mismo del sacerdocio. Nosotros los sacerdotes sentimos especialmente el aguijón del celibato, y es comprensible que luchemos por llegar a un término con él. Sabemos  de la terrible soledad que nos golpea, la frialdad al regresar a la rectoría – ciertamente exhausto y cansado de la gente – pero solo porque parece que no hay nadie con quien compartir o que comprenda nuestros corazones. Un pensamiento pío sería rezar, pero la oración en esos momentos bien puede parecer seca y desagradable.

Esto no está dando paso al amor propio. Es simplemente ser hombre. Hay algo en lo profundo de nosotros que anhela el consuelo y entendimiento de una mujer, y el anhelo de consolar y comprender a una mujer única y de generar una vida con ella. Unos tratan de adormecer este anhelo tratando de hacer carrera dentro de la Iglesia, a través de la comida, la droga,  el alcohol, relaciones ilícitas, pornografía; probablemente las formas más comunes de anestesiarse son a través de la televisión o el internet. Tampoco esto es para sugerir que “la vida es dura, así que supéralo”. Más bien, es una invitación al sacerdote célibe a entrar de modo más profundo precisamente dentro del misterio de cuidar a la Iglesia al pie de la Cruz y llegar a unirse a ella. El sacerdote debe luchar por aceptar ser co-crucificado con Jesús y adentrarse en la compasión de Nuestra Señora. Ella por su parte viene a auxiliar al sacerdote sacando su masculinidad como esposo y como padre para ayudar a que esta unión con la Iglesia se dé – no en una unión sexual sino a través de la crucifixión, muriendo por ella. El sacerdote, en su soledad, llega a sintonizarse con la soledad de la Iglesia en este mundo.

Nuestra línea de pensamiento nos lleva a considerar el gozo de la Cruz. La transformación del sacerdote a través de consolar a la Madre de Dios en la Cruz, no sólo le lleva a su amor esponsal y paternal, sino también transforma toda su noción de alegría. Desde su revalorización por la Cruz, la alegría cristiana es más una condición espiritual que un estado emocional pasajero. La alegría no se encuentra en la falta de sufrimiento ni en el otro lado del sufrimiento sino en un amor que es entrega. De este modo, la alegría puede brotar clara y directamente del sufrimiento. Esta es una alegría como fruto del Espíritu Santo y por lo tanto algo indestructible, algo que el mundo no puede dar.

Ayudando al seminarista o sacerdote a abrazar el Misterio

¿Cómo ayudamos a nuestros seminaristas y sacerdotes a entrar en este profundo misterio del desarrollo de su masculinidad como sacerdotes célibes?

Creo que necesitamos continuar desligando nuestros programas formativos humanos y espirituales de la estrechez de una perspectiva demasiado psicológica. Las ciencias psicológicas son importantes y necesarias, pero la formación humana y espiritual es más amplia de lo que la  psicología puede medir. Debemos tener en mente que los enfoques psicológicos, cuando se apartan de la fisiología del cuerpo humano, pasan a ámbitos filosóficos y teológicos. Como observa el Dr. Paul Vitz, cada teoría psicológica, sea o no reconocida, es una filosofía de vida aplicada. [9] La formación humana debe ser fundada en una antropología filosófica y teológica sana.

Aún no he encontrado una antropología más sólida que la de Santo Tomás, especialmente como lo interpreta Juan Pablo II. Añadiría pensamientos de escolásticos que siguen una línea de pensamiento agustiniano, como el Papa Benedicto XVI y Hans Urs von Balthasar. Creo que en un programa de formación humana para sacerdotes debe sacarse de lo mejor entre nuestra teología espiritual, especialmente la teología ascética de San Juan Climaco, Don Lorenzo Scupoli y San Francisco de Sales. [10] Estos tesoros de la tradición hacen buena resonancia con las excelentes investigaciones que han brotado en las áreas de neurobiología, biología social y el desarrollo del cerebro. [11] Tal vez las cuatro dimensiones de la masculinidad relacional puedan darnos un marco inicial.

Es desde esta perspectiva más amplia, donde entra en juego el importante trabajo de las ciencias psicológicas. Como formadores buscamos ayudar a hombres a convertirse en mejores hijos, hermanos, esposos y padres. A veces se despierta la necesidad de una intervención terapéutica para sanar una relación herida con el padre y la madre y para desarrollar apegos seguros para que la persona sea capaz de un amor ágape. Dichas intervenciones deben hacerse por terapistas que aprecian y entienden la antropología filosófica y teológica en totalidad, y que capta la misión y vocación del sacerdote, que es única.

También es importante integrar en nuestros programas formativos, insisto, una afectividad masculina tanto en los formadores como en los seminaristas. Creo que cualquiera que ha crecido en una familia semi-normal tiene alguna idea de lo que es el afecto masculino. No importa cómo haya sido la vida de familia de alguien, se puede entrever mucho material bueno de los santos hombres de las Escrituras, incluyendo a David, Jeremías, Ezequiel, San Juan Bautista, San José, San Pedro, San Juan, San Pablo, y los santos en general, especialmente de los sacerdotes santos. Creo que hay mucho de las vidas de San Francisco de Sales y San Juan María Vianey que pueden dar ejemplo a los seminaristas y sacerdotes de una masculinidad sacerdotal y de cómo se lleva a cabo concretamente en una vida diocesana.

No es políticamente correcto, incluso en algunos círculos eclesiales, seguir la mente de la Iglesia en cuanto a la atracción al mismo sexo como lo habla la Congregación para la Educación en 2005. [12]  La dificultad sale precisamente cuando comenzamos a hablar sobre el amor esponsal y paternal del sacerdote. Todos parecen estar de acuerdo con el concepto del sacerdote como hijo o hermano, pero al hablar del sacerdote como esposo y padre, habrá resistencia en algunos círculos. Sin embargo, en Pastores Dabo Vobis se habla repetidas veces de la afectividad masculina en conjunto con la “caridad pastoral”. El amor que un seminarista o sacerdote muestra a Nuestra Señora al pie de la cruz es exactamente eso, caridad, la forma más grande de amor, pero debe ser una encarnación masculina de ello. La caridad pastoral es donde el eros desordenado de un hombre se ordena en un ágape célibe al cuidar de la Iglesia y de un alma en concreto.

Los seminaristas y sacerdotes deben ser ayudados a orar desde el corazón. Una sugerencia inicial es motivarles a rezar el rosario usando la aplicación ignaciana de los sentidos que ayuda a comprometer el corazón de quien reza. La Hermana Mary Timothea Ellior, RSM ofrece una idea sobre cómo rezar como María: guardando la palabra de Dios tenazmente, ponderarla con otras palabras, aplicarla a las situaciones de la vida, y madurar en la palabra. [13] Un buen modo de orar con el corazón se enseña en el Instituto para la Formación Sacerdotal por medio de una frase célebre, “Reza como pirata” [14] Un pirata dice “Arrr!”, lo cual forma un acrónimo de “reconocer, relacionar, recibir, responder”. Reconocer significa ser real y honesto en la oración. Relacionar significa estar en relación de lucha con lo que esté ahí, comprometerse con el Señor, estar presente para Él. Recibir significa dejarle a Él la libertad para hacer lo que desee. Responder quiere decir que, habiendo recibido de Él, uno tiene la habilidad para responderle desde el amor. Rezar de este modo ayuda a cultivar la honestidad en la oración y ayuda a uno mismo a practicar el don de sí en sinceridad.

Parte de rezar desde el corazón es rezar con la Virgen María, no como una idea, sino como mujer. Como hombres y sacerdotes necesitamos desarrollar una relación afectiva con ella y dejarla ayudarnos a sintonizar con su corazón. Al leer a San Luis María de Montfort, creo que en realidad, esto es lo que él estaba buscando alcanzar. Su espiritualidad no es simplemente un sentimentalismo emotivo, sino aprender a modelar el propio corazón con el de María. Su espiritualidad es una espiritualidad de sintonización. Este importante trabajo espiritual sobre aprender a amar con el corazón y de darse realmente a sí mismo en la oración ayudará a construir un hábito de darse a uno mismo en el ofrecimiento en la Santa Misa, de entrar al fuego del calvario con los brazos abiertos.

Como formadores humanos y espirituales, debemos buscar entrar profundamente en este misterio nosotros mismos, y después, con amor, lanzar a estos maravillosos y futuros sacerdotes en el misterio, para ayudarles a lucharlo y asimilarlo, para dejar que el fuego del calvario penetre en las profundidades de sus corazones y, finalmente, encarnar este misterio. Así, un sacerdote puede entonces entrar en la realidad esponsal y paternal con todo el eros de su corazón masculino y elevarlo a un ágape célibe.

El misterio transformado: La Santa Misa en Éfeso

No puedo abandonar la escena al pie de la cruz que revela el rol de la Virgen en el amor esponsal y paternal del sacerdote célibe, sin describir otra escena. Esta escena llegó a mí uno de esos días en los cuales no me emocionaba ser sacerdote y rezaba reticentemente. Comenzó con la escena de la cruz, pero la escena se trasladó, en cierto punto, a un evento más tardío. Fue en Éfeso, y San Juan estaba preparándose para ofrecer la Misa. María estaba ahí con él. Tengan paciencia conmigo si algún anacronismo se mete en la meditación. Ella le ayudaba a revestirse, primero el amito, alba, cíngulo, etc. Sus dedos aseguraban que todo se lo ponía bien. Puedo imaginar los ojos de los dos encontrándose. Nada se necesitaba decir, especialmente cuando ella levanta la estola para ponérsela a él. Ambos sabían de dónde venía el poder generativo simbolizado en la estola. Puedo ver la satisfacción en los ojos de la Virgen viéndolo como sacerdote, un hombre que era real y totalmente su hijo. La felicidad y el amor en sus ojos lo hace grande y confidente para ir a ofrecer este sacrificio en el que su amor esponsal y paternal se confirma una vez más y se hace fructífero. Creo que éstas pueden ser escenas fecundas para cualquier sacerdote, para que pueda reflexionarlo cada vez que va y ofrece la Misa; la presencia femenina de la Virgen al pie de la cruz y antes de Misa en Éfeso.

Conclusión

Mi intención no es ofrecer una investigación deductiva y una prueba que responda al reto contemporáneo y la condición perene del amor esponsal y paternal del sacerdote célibe. Lo que sí ofrezco es una convicción que sale del interior de que la respuesta a la condición perenne de la masculinidad del sacerdote célibe se basa en  la profundidad de este misterio – el abrazo puro del apóstol a la Madre de Dios en el calvario.

Esto no es una piedad mariana cubierta de azúcar. Es una piedad mariana tan real que sacará astillas, hará derramar lágrimas e incluso lanzará una lanza justo al corazón del sacerdote. Es una piedad mariana para verdaderos hombres.

Sugiero que este misterio se quede en el centro de la vida de cada sacerdote, sea capaz de reconocerlo como tal o no. Algunos sacerdotes se van, hacen mal uso de su sexualidad, o se refugian en otras cosas porque no pueden entregarse a, o abrazar este misterio. Es el misterio de su masculinidad y la cruz. La Virgen María está ahí para recordárselos y ayudarles a llevarlo a un nuevo nivel de realización como esposo y padre.

El único modo en que el sacerdote puede superar la cruz es acogiendo a la Virgen en su sufrimiento. A través de su amor femenino el sacerdote célibe puede convertirse en esposo para la Iglesia y padre espiritual para todos. Y de lo profundo de su masculinidad el sacerdote puede decir “ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gal 2:20)

Este ensayo fue publicado originalmente en Sacrum Ministerium 15:1 (2009):149-164, y ha sido publicado en ignatiusinsight.com con permiso de su autor.

En Amor Seguro consideramos muy importante su difusión en español, es por eso que lo hemos traducido para que llegue al mayor número de sacerdotes.

Notas finales:

[1] This article originated as a presentation at the Marian Symposium for the Bicentennial Celebration of Mount Saint Mary Seminary, Emmitsburg, Maryland (USA), 9 October 2008. I am grateful to Dr. Aaron Kheriaty, MD, Deacon Theodore Lange, and Fr. Jerome Young, OSB, for their helpful comments on earlier drafts.

[2] I began an exploration of this topic of the spousal and paternal dimensions of priestly identity in an earlier article, cf. Cihak, John. “The Priest as Man, Husband and Father,” Sacrum Ministerium 12:2 (2006): 75-85.

[3] Attention is focused on the area of human and spiritual formation since they figure most prominently in Pastores dabo vobis (John Paul II, Post Synodal Apostolic Exhortation Pastores dabo vobis, 25 March 1992, nn. 43-50), and where the greatest need in seminary formation still exists.

[4] Benedict XVI, Encyclical Letter Deus caritas est, 25 December 2005, especially nn. 3-18.

[5] Perhaps the most well known passage from Pastores dabo vobis, n. 43.

[6] Cf. Catechism of the Catholic Church, nn. 371-372.

[7] These are insights especially developed by Hans Urs von Balthasar in his theological anthropology, for example in his Wenn ihr nicht werdet wie dieses Kind(repr. 2, Einsiedeln-Freiburg: Johannes Verlag, 1998);Unless you become like this Child, trans. Erasmo Leiva-Merikakis (San Francisco: Ignatius Press, 1991); and his essay “Bewegung zu Gott,” Spiritus Creator: Skizzen zur Theologie, vol. III (Einsiedeln: Johannes Verlag, 1967); “Movement Toward God,” Explorations in Theology, vol. III: Creator Spirit, trans. Brian McNeil, CRV (San Francisco: Ignatius Press, 1993), 15-55.

[8] Acta Ecclesiae Mediolanensis, Pars II, 20 April 1584, 347. [Trans. Gerard O’Connor]

[9] Cf. Vitz, Paul, “Psychology in Recovery,” First Things 151 (2005), pp. 17-21.

[10] Cf. Climacus, St. John. The Ladder of Divine Ascent in The Classics of Western Spirituality (Mahwah: Paulist, 1982); de Sales, St. Francis. Introduction to the Devout Life, trans. John Ryan (New York: Doubleday, 1989); Scupoli, Lorenzo. The Spiritual Combat, trans. William Lester (Rockford: TAN, 1990).

[11] Cf. Ainsworth, Mary, Patterns of Attachment: A Psychological Study of the Strange Situation (Mahwah: Erlbaum, 1978); Bowlby, John. A Secure Base: Parent-Child Attachment and Healthy Human Development (New York: Basic Books, 1990); Greenspan, Stanley, Building Healthy Minds: The Six Experiences That Create Intelligence and Emotional Growth in Babies and Young Children (Cambridge: Da Capo Press, 2000); The Growth of the Mind: And the Endangered Origins of Intelligence (Cambridge: Da Capo Press, 1998); Siegel, Daniel, The Developing Mind: Toward a Neurobiology of Interpersonal Experience (New York: Guilford, 1999);Stern, Daniel, The Interpersonal World of the Infant: A View from Psychoanalysis and Developmental Psychology (New York: Basic Books, 2000).

[12] Cf. Congregation for Education. Instruction Concerning the Criteria for the Discernment of Vocations with regard to Persons with Homosexual Tendencies in view of their Admission to Seminary and Holy Orders, 2005.

[13] Elliott, Mary Timothea. “Mary – Pure Response to the Word of God,” presentation at the Marian Symposium for the Bicentennial Celebration of Mount Saint Mary Seminary, 8 October 2008.

[14] In my view, the Institute for Priestly Formation, under the direction of Fr. Richard Gabuzda and Fr. John Horn, SJ, is currently doing some of the best work in the United States on the spiritual and human development of seminarians and diocesan priests.

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O celibato para os padres casados era a norma

São Gregório Magno: “O sacerdote, desde o momento de sua ordenação amará a sua esposa como a uma irmã”.

II Concílio de Auvergne (535): “Se um sacerdote ou diácono recebeu a ordenação para o serviço sagrado, o marido se converte imediatamente num irmão para a sua anterior esposa”. Este uso particular da palavra soror (irmã) se encontra em muitos textos conciliares e patrísticos.

Leia mais em:

http://ec.aciprensa.com/wiki/Celibato_sacerdotal_en_el_debate_teol%C3%B3gico_actual#Redescubrir_el_sacerdocio

Novidades nas pesquisas sobre o Celibato sacerdotal

Os negritos são meus. Leia o estudo na íntegra em:

http://ec.aciprensa.com/wiki/Celibato_sacerdotal_en_el_debate_teol%C3%B3gico_actual#Redescubrir_el_sacerdocio

Origen y evolución histórica del celibato sacerdotal

Aspectos históricos

Existe una amplia gama de opiniones en cuanto al comienzo y desarrollo del celibato en la Iglesia. Algunos afirman que se hizo obligatorio a partir del siglo IV, mientras que otros sostienen que el punto, de referencia es el II Concilio Lateranense (1139). Tampoco hay acuerdo respecto a su origen, habiendo gente que lo considera de origen apostólico o divino, mientras que otros afirman que se trata de una mera expresión tardía de la disciplina eclesiástica.

Es bien conocido que la práctica de la iglesia latina, que exige de sus sacerdotes un compromiso irrevocable con el celibato, se diferencia de la disciplina de la iglesia oriental. Existe una creencia comúnmente extendida de que en las iglesias orientales –salvo casos excepcionales– no existe ley del celibato. Existe también un extendido sentir de que la tradición oriental es la más antigua, mientras que la disciplina latina habría sido impuesta en una fecha comparativamente tardía. En los debates centrados en la tradición del celibato en occidente, se suele apuntar como punto de referencia la disciplina de las iglesias orientales.

¿Por qué esta divergencia de disciplina entre Oriente y Occidente y cómo llegó a producirse? ¿Cómo se explica que en Oriente se insista de modo inflexible en el celibato para los obispos y al mismo tiempo se fomente el matrimonio entre el clero? ¿Por qué en Oriente es normal que haya sacerdotes casados, al mismo tiempo que nunca se ha permitido el matrimonio después de haber sido ordenado?

Esta variedad de opiniones y de afirmaciones ciertamente contradictorias son consecuencia de un conocimiento inadecuado de los hechos históricos, como lo confirman importantes publicaciones recientes sobre la historia del celibato eclesiástico, tanto en la iglesia oriental como en la occidental. Los estudios detallados de Cochini, Cholij y Stickler, especialmente, abren nuevas vías en la historia y la teología de este carisma y ofrecen una fuerte argumentación a favor del origen apostólico de esta disciplina.

Para entender la historia del celibato desde una perspectiva actual es necesario darse cuenta de que en Occidente, durante el primer milenio de la Iglesia, muchos obispos y sacerdotes eran hombres casados, algo que hoy es bastante excepcional. Sin embargo, una condición previa para los hombres casados a la hora de recibir órdenes como diáconos, sacerdotes u obispos era que después de la ordenación se les exigía vivir una continencia perpetua o lex continentiae.

Con el asentimiento previo de sus esposas tenían que estar dispuestos a renunciar a la vida conyugal en el futuro. No obstante, junto a clérigos casados, hubo siempre en la Iglesia, en proporciones variables, muchos clérigos que nunca se casaron o que vivieron el celibato tal y como lo conocemos hoy. Con el paso del tiempo se hizo más patente en la iglesia occidental la conveniencia de un sacerdocio en celibato, lo que produjo una disminución en la proporción de hombres casados llamados al sacerdocio.

Con la institución de los seminarios en el Concilio de Trento, el número de candidatos al clero célibe alcanzó una dimensión suficiente para abordar todas las necesidades de las diócesis.

En consecuencia, los casos de hombres casados admitidos a las sagradas órdenes mediante dispensa de la Santa Sede fueron siendo cada vez menos frecuentes. En la primitiva Iglesia, como ya indicamos, la ordenación de hombres casados era la norma. La Sagrada Escritura lo confirma. San Pablo prescribe a sus discípulos Tito y Timoteo que los candidatos al sacerdocio deberían haberse casado una sola vez (1 Tim. 3,2-12; Tit. 1,6.). Sabemos que Pedro estaba casado y quizás lo estuviera también alguno de los demás apóstoles.

Es algo que parece implícito en la pregunta de Pedro a Cristo: “Nosotros hemos dejado nuestras cosas y te hemos seguido”. Y Jesús contestó: “Os aseguro que no hay nadie que haya dejado casa, o mujer, o hermanos, o padres, o hijos por causa del reino de Dios, que no reciba mucho más en este mundo y, en el venidero, la vida eterna” (Lc. 18,28-30; Mt. 19,27-30).

Aquí se ve la primera obligación del celibato clerical –la continencia– en relación con el uso del matrimonio después de la ordenación. Éste fue el significado original del celibato la lex continentiae o la absoluta continencia respecto a la generación de los hijos. Así es como está definido en todas las leyes escritas primitivas acerca del celibato, que datan de los siglos IV y V.

Los candidatos a la ordenación no podían comprometerse a vivir la continencia sin el acuerdo previo y expreso de sus esposas, puesto que, en virtud del vínculo sacramental, tenían un inalienable derecho a las relaciones conyugales. Por diversas razones de tipo práctico y ascético, se desarrolló en la Iglesia una preferencia por la ordenación de hombres célibes no casados, preferencia que, poco tiempo después se convirtió en el requisito normal para todos los candidatos al sacerdocio en la iglesia occidental.

De ahí que, como se ha señalado, en el primer milenio de la Iglesia, el celibato venía a significar cualquiera de estas dos realidades: que los ministros ordenados no se casaban o que, si los candidatos a la ordenación ya estaban casados, debían comprometerse a una vida de continencia perpetua tras la ordenación. El no distinguir entre la lex continentiae y el celibato tal como lo entendemos hoy, ha dado lugar a muchos malentendidos y a interpretaciones erróneas sobre la historia de este carisma.

Hasta hace poco, el sentir histórico general sostenía que hasta el siglo IV la Iglesia no elaboró una ley de celibato. Este punto de vista fue adoptado por Franz X. Funk, conocido historiador eclesiástico a fines del siglo XIX . Su juicio, sin embargo, era un juicio erróneo, basado en un documento cuya falsedad se comprobaría más tarde . Si el modo de tratar la cuestión del celibato es avanzar científicamente desde un punto de vista teológico a un punto de vista jurídico, es necesario aclarar antes un segundo presupuesto fundamental. Los historiadores del derecho han señalado que es un error metodológico básico identificar los conceptos de ius (derecho) y lex (ley), que es lo que hizo Funk .

Todas las normas jurídicas obligatorias, tanto las transmitidas oralmente o través de la costumbre, como las expresadas por escrito, forman el contenido de la idea de ius. Por otra parte, la lex es un concepto más estrecho, puesto que se refiere únicamente a disposiciones que han sido puestas por escrito y legítimamente promulgadas. La historia confirma que todas las disposiciones jurídicas comenzaron siendo tradiciones orales que sólo se fijaron por escrito tras un lento proceso, como fue el caso de las leyes germanas y romanas.

La constitución jurídica de la naciente Iglesia consistió en gran parte en disposiciones y obligaciones transmitidas oralmente, tanto más cuanto que durante los tres primeros siglos de persecución habría sido difícil poner cualquier ley por escrito. Ciertamente, algunos elementos de la ley primitiva de la Iglesia fueron puestos por escrito, pero vemos también como san Pablo anima a los tesalonicenses a guardar las tradiciones que habían recibido oralmente (2 Tes. 2,15).

Funk cayó en el error de fechar el origen del celibato en la primera ley escrita acerca del mismo, que es la del Concilio de Elvira. Éste será nuestro punto de partida para analizar los significativos desarrollos en la legislación de rito latino hasta el siglo VII.

“A respeito das pessoas solteiras, não tenho nenhum mandamento do Senhor. Mas, como alguém que, por misericórdia de Deus, merece confiança, dou uma opinião:

Penso que, em razão das angústias presentes, é vantajoso não se casar, é bom cada qual estar assim.

(…)

 O que eu desejo é levar-vos ao que é melhor, permanecendo junto ao Senhor, sem outras preocupações” (ICor, VII, 25-26.35b).

O dom do Celibato dos ministros ordenados

Os ministros ordenados (inclusive os diáconos) são continuadores da missão dos Apóstolos através dos séculos. Na ordenação, os sacerdotes (bispos e padres) são configurados a Cristo Cabeça e Esposo da Igreja. Eles representam sacramentalmente a presença do próprio Cristo nas comunidades. Quando o padre administra o Batismo ele o faz na pessoa de Cristo Cabeça – in persona Christi Capitis – de modo que não é apenas o padre que batiza, mas Cristo que batiza. O padre diz “Isto é o meu Corpo”, “Eu te absolvo”, emprestando a sua voz para que o próprio Cristo consagre e perdoe.

E como o celibato contribui na missão sacerdotal? Renunciando a uma fecundidade e paternidade físicas, o sacerdote adquire uma maior fecundidade e paternidade espirituais. Veja-se o exemplo de São Paulo que era celibatário: “De fato, ainda que vocês tivessem dez mil pedagogos em Cristo, não teriam muitos pais, porque fui eu quem gerou vocês em Jesus Cristo, por meio do Evangelho. Portanto, eu lhes dou um conselho: sejam meus imitadores” (1 Cor 4, 14-16). Jesus também era celibatário, mas possuía uma “esposa espiritual”, a Igreja.

Ele declarou: “aquele que tiver deixado casas, irmãos, irmãs, pai, mãe, filhos ou campo, por causa do meu nome receberá cem vezes mais e terá como herança a vida eterna” (Mt 19, 29). Inclusive, depois de explicar a doutrina da indissolubilidade do matrimônio (cf. Mt 19), os discípulos comentam que “é melhor não casar-se”. Jesus lhes explica o dom do celibato; e mais adiante, depois do diálogo com o jovem rico, os Apóstolos dizem: “Nós deixamos tudo e te seguimos. Que haveremos de receber” (Mt 19, 27)?

O celibato permite uma vivência ainda mais profunda dessa configuração a Cristo Cabeça e Esposo. Isso por que o sacerdote deve amar ao seu povo como Cristo amou. Este amor esponsal de Cristo pela Igreja é vivido pelos sacerdotes romanos, que como Jesus não se uniram em matrimônio a nenhuma mulher, mas à Igreja. Deste modo, o celibato dos sacerdotes possui uma distinção da dos leigos e consagrados: embora também sendo Igreja, eles se identificam especialmente com o Cristo Esposo (e pelo Batismo, com a Igreja Esposa). A missão dos padres é a do Cristo Esposo. Uma missão masculina, paternal e espiritual: ser imagem da hombridade de Cristo que combate o mal, constrói o Reino, protege e guarda a Igreja; gera filhos espirituais pela Palavra da fé, os sacramentos, a direção espiritual, a direção dos movimentos e pastorais; e, isso tudo, com uma fecundidade espiritual garantida pela vivência celibatária. Em suma, o celibato sacerdotal faz dos ministros ordenados mais guias, mais apaixonados pela Igreja e mais pais espirituais.

Os sacerdotes da Igreja Católica do rito latino recebem como um dom o carisma do celibato. Esse dom não diminui as vocações, pois os dons de Deus são para a edificação da Igreja. As vocações não são uma questão de celibato, mas de abertura ao Espírito Santo e apostolado dos leigos, dos diáconos (casados e celibatários) e dos sacerdotes. Mesmo em ritos em que sacerdotes se casam, também há escassez de vocações. Se nesses ritos onde os padres se casam o celibato fosse obrigatório, aposto que as vocações continuariam a depender muito mais da vida espiritual do Povo de Deus do que da disciplina sacerdotal. Como é atraente um sacerdote feliz com o seu celibato! Ele é capaz de arrastar multidões pelo seu testemunho de pureza no meio de uma sociedade erotizada. Ele é a prova que é possível ser diferente. Senhor, “Nós deixamos tudo e te seguimos. Que haveremos de receber”? (Mt 19, 27).

 

Autor: Wagner Cardoso Bianchini. Seminarista da Arquidiocese de Porto Alegre.

 

Celibato, sinal escatológico

INTRODUÇÃO
“Portanto, eis que eu a atrairei, e a levarei para o deserto, e lhe falarei ao coração” (Os 2,14).
Convém dar um conceito básico sobre o que é escatologia. Escatologia: Do grego éskata (coisas últimas) e logos (conhecimento): estuda o que, pela Revelação, sabemos acerca do que existe após o fim da vida terrena. Pode dividir-se em três partes:  a) Escatologia Universal: vinda gloriosa de Cristo no fim do mundo e plenitude do Reino de Deus; b) Escatologia Individual: morte de cada ser humano e seu destino eterno; c) Escatologia Intermédia: abarca desde a morte de cada pessoa até à sua ressurreição no último dia. “Celibato, sinal escatológico” quer entender o exercício da sexualidade do celibatário pela luz do que acontecerá após a morte e ressurreição.
Uma das dificuldades para se entender o estado celibatário é a falta de fé. O celibato é, antes de tudo, um carisma. Não é apenas um meio para se ganhar tempo, ou outro fim material. Não é uma opção acidental ou casual. O celibato possui algumas vantagens e características facilmente compreensíveis a qualquer um mesmo sem fé, mas o seu motivo essencial é de fé. E uma fé que reconhece a) Jesus Cristo; b) a Igreja Católica como Esposa de Cristo; c) e o Reino dos céus, onde veremos Deus face-a-face. Logo se vê que alguém, que não confessasse a fé católica, difilcilmente compreenderá a profundidade da questão. Assim como alguém que não cresse, quissesse falar sobre a Eucaristia, não teria a profundidade suficiente de quem vive da fé. O celibato é um mistério da fé.
O celibato, seja sacerdotal ou leigo, possui uma dimensão esponsal e paternal-maternal. Isso é desconhecido pela maioria das pessoas. Assim como o matrimônio humano também possui uma dimensão virginal. Logo se vê que a questão vai muito mais além do que se pensa.
Corrre-se o risco de que se viva na prática o celibato, mas sem compreendê-lo plenamente. E com isso, em vez de ser um carisma, se torna uma restrição para  o amor. Percebe-se que uma visão secularizada do celibato só possa ver aí a frustração dos instintos mais básicos do ser humano. Mas não é essa a experiência de milhões e milhões de celibatários ao longo da história. Poderíamos dizer com santa Teresinha : “no coração da Igreja, serei o amor“.

SUMÁRIO

1. Quem pode ser celibatário? Leigos, ministros ordenados e consagrados; Homens e mulheres 2. Uma primeira definição de estado celibatário 3. Principais objeções ao celibato, em especial, o eclesiástico 3.1. A cultura e o ambiente secularizados 4. À imagem de Deus: A vocação ao amor 5. As razões profundas para o celibato: Cristo, a Igreja, o Reino 6. Relações entre o celibato e o matrimônio 7. A vida espiritual do celibatário 8. Os meios para se viver com coerência 9. Como discernir o chamado de Deus

 

1. QUEM PODE SER CELIBATÁRIO? LEIGOS, MINISTROS ORDENADOS E CONSAGRADOS; HOMENS E MULHERES
Estas várias vocações são “manifestação do único mistério de Cristo, os leigos têm como característica peculiar, embora não exclusiva, a secularidade, os pastores a « ministerialidade », os consagrados a conformação especial a Cristo virgem, pobre e obediente” (João Paulo II, Exort. ap. pós-sinodal Vita consecrata (25 de março de 1996), 31).Leigos: Uma primeira idéia que há sobre o celibato é que ele é reservado para os padres e religiosos. Os leigos ou se casam ou esperariam se casar. Ou, pior, levam uma vida imoral e sem compromissos com ninguém. Essa é uma imagem deformada do que seja o leigo. Na verdade, o celibato laical é uma realidade jubilosa na Igreja. Também muitos leigos recebem essa graça. Ocorre muitas vezes que um leigo permaneça solteiro apenas em vista de valores naturais e imediatos. “Não me casarei para poder estudar”, “não encontrei a minha cara-metade”, “dá muito trabalho”, “não quero ter filhos para não perder a beleza do corpo”, etc. São motivações variadas, algumas boas, outras insuficientes. O caso é que o estado celibatário é um dom de Deus e deve ser assumido com uma motivação sobrenatural: por causa do Reino dos céus. Veremos mais adiante o que significa essa motivação. Por isso o celibatário não é um solteiro, um “solto” simplesmente, mas está comprometido seriamente com uma vocação específica.

O que caracteriza o leigo como tal é sua “inserção nas realidades temporais e na sua participação nas atividades terrenas” (João Paulo II, Exort. ap. pós-sinodal Christifideles laici (30 de Dezembro de 1988), 17). O celibato laical favorece a dedicação amorosa à santificação do mundo desde dentro, onde vive e atua o fiel cristão.

Ministros ordenados: a) Bispos e presbíteros: Os ministros ordenados (inclusive o diácono) são continuadores da missão apostólica (a ministerialidade) através dos séculos. Na ordenação, os sacerdotes (bispos e padres) são configurados a Cristo Cabeça e Esposo da Igreja. Eles representam sacramentalmente a presença do próprio Cristo nas comunidades. Quando o padre administra o Batismo ele o faz na pessoa de Cristo Cabeça – in persona Christi Capitis– de modo que não é apenas o padre que batiza, mas Cristo que batiza. O padre diz “Isto é o meu Corpo”, “Eu te absolvo”, emprestando a sua voz para que o próprio Cristo consagre e perdoe.E como o celibato contribui na missão sacerdotal? Renunciando a uma fecundidade e paternidade físicas, o sacerdote adquire uma maior fecundidade e paternidade espirituais. Veja-se o exemplo de São Paulo que era celibatário: “De fato, ainda que vocês tivessem dez mil pedagogos em Cristo, não teriam muitos pais, porque fui eu quem gerou vocês em Jesus Cristo, por meio do Evangelho. Portanto, eu lhes dou um conselho: sejam meus imitadores” (1 Cor 4, 14-16).

O celibato permite uma vivência ainda mais profunda dessa configuração a Cristo Cabeça e Esposo. Isso por quê o sacerdote deve amar ao seu povo como Cristo amou. Este amor esponsal de Cristo pela Igreja é vivido pelos sacerdotes romanos, que como Jesus não se uniram em matrimônio a nenhuma mulher humana, mas à Igreja. Deste modo, o celibato dos sacerdotes possui uma distinção da dos leigos e consagrados: embora também sendo Igreja, eles se identificam especialmente com o Cristo Esposo (e pelo Batismo, com a Igreja Esposa). A missão dos padres é a do Cristo Esposo. Uma missão masculina, paternal e espiritual: ser imagem da hombridade de Cristo que combate o mal, constrói o Reino, protege e guarda a Igreja; gera filhos espirituais pela Palavra da fé, os sacramentos, a direção espiritual, a direção dos movimentos e pastorais; e, isso tudo, com uma fecundidade espiritual garantida pela vivência celibatária. Em suma, o celibato sacerdotal faz dos ministros ordenados mais guias, mais apaixonados pela Igreja e mais pais.

b) Diáconos: os diáconos celibatários não são configurados a Cristo Cabeça, mas a Cristo Servo, de modo que a sua missão está mais ligada ao serviço do que à direção de uma comunidade cristã. O celibato diaconal potencializa a capacidade de fazer-se dom para os outros. Os diáconos casados não vivem, evidentemente, o celibato. A sua missão se divide, portanto, entre a sua própria família carnal e sua família espiritual, a Igreja, bem como no serviço que presta à sociedade através de seu trabalho remunerado.

Consagrados: São aqueles que procuram viver a radicalidade do Batismo, por votos ou compromissos, pela prática dos três conselhos evangélicos da pobreza, castidade e obediência, segundo o seu carisma próprio. O celibato não é a mesma coisa que a castidade. É a “Castidade como virtude moral que regula o exercício da sexualidade segundo o estado de vida da pessoa, em função de seus valores e no respeito da natureza da própria sexualidade” (CENCINI, Amadeo. Virgindade e celibato hoje: para uma sexualidade pascal. trad. Joana da Cruz. São Paulo, SP: Paulinas, 2009, pag. 132). Também se pode dizer que a castidade é a ecologia do amor humano integral. É a arte de amar mais e melhor. A castidade deve ser vivida por todos os cristãos, o celibato por alguns.

Vivendo o celibato (ou a virgindade) castamente, os consagrados são uma “imagem escatológica especial da Esposa celeste e da vida futura, quando, finalmente, a Igreja viverá em plenitude o seu amor por Cristo Esposo” (Vita consecrata, 7). “A pessoa consagrada, seguindo o exemplo de Maria, nova Eva, exprime a sua fecundidade espiritual, tornando-se acolhedora da Palavra, para colaborar na construção da nova humanidade com a sua dedicação incondicional e o seu testemunho vivo” (Vita consecrata, 34). Em resumo, os consagrados além de terem os benefícios espirituais do celibato (paternidade-maternidade, fecundidade espirituais), são uma imagem especial da Igreja Esposa.

Homem: o celibato em si, configura toda a personalidade da pessoa, de modo que há modos próprios de um celibatário viver e de se relacionar. Tanto a sua capacidade de amar como a de trabalhar são atingidas por esse estilo de vida. O celibato masculino parece estar mais ligado ao “fazer”. O homem percebe não só a disponibilidade de tempo para o trabalho, como também sua eficácia. Um método simples de o homem descobrir o celibato é o de aplicar-se ao trabalho com “sentido sobrenatural”, ou seja, descobrir o amor de Deus no seu trabalho e através de seu fazer.

Algo interessante que também se pode dizer do celibato masculino é que leva o homem a transcender aquela atitude meramente sensual para com as mulheres, descobrindo o valor mais alto do amor, da amizade e do compromisso.

Mulher: o celibato feminino está mais ligado ao relacionamento humano, à capacidade de acolhida do outro. Na celibatária, ressalta-se a sua feminilidade por esta sua capacidade de acolhida e de atenção concreta. O método de descoberta do celibato para mulher parece estar mais ligado ao de entrega de si a Cristo Esposo. Pela oração, a mulher descobre o amor esponsal espiritual.

A tal propósito, é sugestivo o texto neo-testamentário que apresenta Maria reunida com os Apóstolos, no Cenáculo, aguardando em oração a vinda do Espírito Santo (cf. Act 1,13-14). Pode-se ver aqui uma expressiva imagem da Igreja-Esposa, atenta aos sinais do Esposo e pronta a acolher o seu dom. Na figura de Pedro e demais apóstolos, ressalta sobretudo a dimensão da fecundidade operada pelo ministério eclesial, que se faz instrumento do Espírito para a geração de novos filhos através da proclamação da Palavra, da celebração dos Sacramentos e pela solicitude pastoral. Já em Maria, é particularmente viva a dimensão do acolhimento esponsal com que a Igreja faz frutificar em si mesma a vida divina, através da totalidade do seu amor virginal (Vita consecrata, 34).

Isso não significa que a mulher deva permanecer apenas no trabalho “interior” da oração. Basta recordar Marta e Maria, o fazer e o rezar. A mulher também tem enorme capacidade de trabalho, veja-se por exemplo a vida de Santa Teresa de Jesus.

2. Uma primeira definição de estado celibatário

O celibato não é somente uma renúncia, mas uma escolha. Ser celibatário não é ser solteiro. Não é a renúncia do amor. O celibato não é somente para os padres. Não se compreende plenamente essa opção senão pela fé. Não se trata de um desprezo velado do matrimônio, pelo contrário. Celibato não significa isolamento do mundo ou das pessoas. Não é desprezo pelo ato sexual, nem puritanismo. Não é a renúncia à masculinidade ou à feminilidade, para se constituir como se fosse um outro gênero.

Negativamente, já se sabe o que não é o celibato. Positivamente, será tratado como um tema mais adiante. Mas, desde já se pode formular uma primeira definição. É a escolha de um batizado, que o insere num estado específico (celibatário) para viver de um modo novo o amor esponsal.

O celibato também é um “dar-se a alguém”. Dar não apenas atração, paixão, ou afinidades, mas a si próprio: eis o amor esponsal. O papa João Paulo II havia escrito antes de assumir o pontificado o livro “Amor e Responsabilidade” onde se encontra uma definição do amor esponsal:

“Dar-se” é algo mais do que só “querer bem”, ainda que, por causa disto, o outro “eu” se tornasse quase o meu próprio, como na amizade. Tanto do ponto de vista do sujeito individual, como do da união interpessoal criada pelo amor, o amor esponsal é, ao mesmo tempo, alguma coisa diferente, é superior a todas as outras formas de amor já analisadas. Quando o amor esponsal concretiza a relação interpessoal, então começa algo diferente da amizade: a entrega mútua das pessoas” (WOJTYLA, Karol, Amor e responsabilidade: estudo ético. São Paulo: Loyola, 1982, p. 85).

A opção vocacional celibatária pressupõe duas Pessoas, sem as quais não há entrega mútua. Quem pretende ficar sozinho não quer ser celibatário.

As pessoas que dedicaram a sua vida a Cristo, não podem deixar de viver no desejo de O encontrar, para estarem finalmente e para sempre com Ele. Daí a esperança ardente, daí o desejo de « entrarem na Fornalha de amor que nelas arde, e que outra coisa não é que o Espírito Santo » (B. Isabel da Trindade, Le ciel dans la foi. Traité spirituel, I, 1 in Vita Consecrata, n. 26).

Veja mais em: http://www.vatican.va/holy_father/paul_vi/encyclicals/documents/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis_po.html
Também http://padrepauloricardo.org/articles/celibato/